viernes, 7 de noviembre de 2008

Bruma.

La bruma que respiro, me la soplan al oído y borracha me zambullo en la inconciente ceguera. Me levanto y laposa, se pega fuertemente a mi cara y nunca me deja en paz. La bruma, mi antitesis, me come. Me dilata las pupilas y difumina lo que en algún momento fui para convertirme en nada y no despertar jamás. Maldita bruma, devuélveme lo que fui. De vez en cuando me surge un leve recuerdo y al momento confieso que, la maldita bruma, convertida en grasas, en tedio, en horas largas dentro de un automóvil, en él, en mi... maldita bruma no me deja progresar. Se propaga en mi piel febrilmente y es mi parásito. Pinta en mis ojos dos grandes nubes y le añade a mi sangre un gran calor sudado que paraliza mis pensamientos. Te odio bruma. Déjame sentirme yo, sentirme fuerte... sentir un puño de arena fuerte en mis manos y nadar ágilmente sobre las olas. No me robes a mi, es todo lo que tengo, bruma.

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