En un metro madrileño me encontraba hablando con una amiga mejicana. La proximidad territorial de nuestra sangre, de nuestra historia converge en un lenguaje de poca traducción. El tiempo de amistad reconoce contextos autóctonos ya con exactitud. No puedo recordar el tema pero si que fue el preámbulo para un evento casi insignificante que navegó por vías de sangre maternal parte de mi historia, a un fragmento de mi yo. Salimos del metro y una mujer en sus treinta, pelo rojo rizo, luego de disculparse me preguntó: “¿Eres cubana?”- lo que pudo o probablemente fue una simple y equivocada confusión tonal, penetró mi cromosoma invariado X que viajó como emigrante hasta Puerto Rico a principios de los sesenta desde Santiago, de la mano de mi abuela Josefa. Mi contestación perturbada y confundida fue un extraño “mi mamá”. Para mi sorpresa no le dije que no. En realidad no, no lo soy. En rápidos pasos hablados se excusó por haberme escuchado y aclaró que no estaba escuchando como tal de que hablábamos. Lo próximo que le dije, analizándolo pasado el día desde una silla preplaneada fue lo que quizás le hubiese dicho primero. “Soy puertorriqueña” porque en efecto, si lo soy. En sus probables dudas le dije que su oído entendió por Caribe, Cuba. Me dijo: “yo soy cubana”. Ahora con cargo de conciencia analizo que dado a que pasaron infinidades de cosas por mi mente con sentimientos confundidos en añadidura, no pude verbalizar bien nada. Hice algún gesto pendejo con las manos y le sonreí. El análisis crítico de este evento comenzó con mi amiga que me dijo, lejos de la escena con la cubana, que me escuchaba diferente. Diferente, según lo que entendí, (o lo que quiero entender) con un Puerto Rico con chispas de algo. Con algo que cumple unos aproximados cuarenta y siete años sin el cual nunca hubiese existido. Conciente estoy de que mi amiga ha escuchado el acento de Puerto Rico en ecos. Conciente estoy de que la opinión de la cubana era solo suya y muchos no la compartirían. Ocurrió por accidente probablemente, pero lo que supo, (y su leve, muy leve aproximación) lo supo por la lengua. Escribo confundida, con lágrimas de desespero ante el desconocimiento. Trato de esconder lo especial que se sintió, pero no puedo. En Madrid he sentido más mi Puerto Rico que nunca. Presumo que me asustó reventarme ante otro escalón de mi historia. Cuba. Lloro de felicidad con orgullo de lo que soy, lloro de tristeza de no haber conocido lo que me hizo, lo que se cuela en mi sangre y de algún modo accidental boté por la boca.
miércoles, 5 de marzo de 2008
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1 comentarios:
Está hermoso..... sentir dolor y alegría son los mejores estados para escribir.....
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