Al despertar, de noche dijo un si. Estaba extraño el clima afuera y no me sentía cómoda en su lado de la cama. Desde este occidente lo observaba con curiosidad, espantada. Hablaba con alguien, y muy segura estaba que no era yo. Quise moverme con ganas perdidas de gravar, de algún modo este diálogo monologal. En nuestras noches juntos, nunca le había escuchado ni un ronquido. Por esta razón, la inminencia de este instante espectacular, me llenaba poco a poco de un miedo acelerado. Mi corazón palpitaba, palpitaba y PALPITABA que por un momento juré por una pausa leve que hubo de repente, que sabía que no estaba solo con ella. Si, supe rápido que era una ella por su manera torpe de hablarle. Aunque tenía los ojos cerrados, fruncía el ceño con tempo y sonreía como un niño goloso. Al principio pensé que era una vieja amistad, pero luego logró apretar la atmósfera insondable con comentarios gráficos sobre su cuerpo, sobre el de ella. La deseaba perdidamente y al parecer, la deseaba más por haberla tenido ya. Supe entonces que no hablaba solamente de un sueño, cometió el ingenuo error de mencionarme. Mi solidez se estremeció y recordé esa tarde rosada que pasé junto a las hojas doradas de un otoño pasajero. No me preocupé por sus andares, si no por su tiempo, por el nuestro, por sus horas de descanso… Apreté los puños hasta que mis uñas penetraron con gracia y sin esfuerzo mi piel lánguida. Huí en silencio de aquel espectáculo revelador… dejando atrás un deseo reprimido de lo que quiso hacer esa tarde rosada de otoño, aquel que me robó mi lado preferido de la cama.
lunes, 15 de diciembre de 2008
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